La ventana blanca

Over time, natural oils and dirt from our hands can harm even the strongest stone
Cartel en el British Museum

Madame me obligó a probar el melón esta mañana antes de acompañarme al ascensor. Yo le digo que no hace falta que me acompañe, ella vieja y quebradiza pero de voz aún joven, los huesos huecos y doloridos. Pero ella tiene mala conciencia si no lo hace, entonces me acompaña no sólo hasta el ascensor sino hasta la puerta de calle, su mano como una garra fina clavándose en mi hombro y luego en mi cintura. Incluso me da una palmadita cuando cruzo la puerta, como quien envía a un niño a su primer día de clase, o a su primer viaje en autobús. A veces tengo la sensación de que ella cree que todos mis viajes son un poco el primero, algunos días yo también lo creo. Algunos días. Algunos días son más hondos, más pantanosos, el aire más espeso, el nudo del estómago más consistente.

A pesar de todo me gusta sentarme en el sillón de muelles que rechinan, y escucharla leerme en francés. Yo me muevo casi imperceptiblemente en el sillón, los muelles silban y ella se interrumpe un segundo y luego sigue, doucement. Musset. A ella Musset le encanta, a mí me divierte y me deja perderme un rato en los sonidos de la lengua amada, acentuados por los movimientos de Madame en su mecedora, las hojas que pasan, el ligero golpeteo de su dentadura postiza en cada consonante, las tes, las des. Me divierte cuando se acerca y me deja tocar el libro y siempre queda flotando en el aire un resto de sus olores. La semana pasada el aire olía a talco. Hoy era un olor a brioche muy pesado, que seguramente se habría comido temprano, antes de que yo llegara. También había algo de repollo en su pelo, y esa fragancia foránea, el vinagre de malta, adoptada hace ya tantos años. Hoy fueron también sus dos besos de melón en la despedida. Pero hubo otro olor que me distrajo durante toda la lectura, porque no podía precisarlo. No eran las calas, su ligero olor funerario. (Sin embargo la vieja no lo nota). No eran las crackers junto a la tetera rebosante de Earl Grey, que siempre nos escandaliza cuando se sirve por la mañana. Demasiado perfumado para desayunar, pero a los extranjeros les encanta.

Me había tomado el té y su nota de bergamota casi sin leche y casi sin pensar, tan atorada estaba descifrando ese otro olor que venía por ráfagas. Hacía calor y por eso Madame se atrevió a cortar unas rodajas de melón entre las dos lecturas. Yo lo rechacé educadamente y traté de no moverme. Ella se había dado cuenta de que había algo raro en mí esa mañana, ya que no la ayudé a llevar las tazas a la cocina, pero me dejó tranquila. También me gusta ir a lo de la vieja porque me siento mimada y hasta algo malcriada. Ya después vendrá la calle a sacudirme, con sus transeúntes apresurados, sus paraguas y sus perros. Pienso en perros y me viene el recuerdo de Linne, y entonces cierro los ojos y me reclino en el silloncito quejoso. Madame vuelve de la cocina, secándose las manos en un paño muy almidonado que cruje entre sus dedos, se sienta en su mecedora y retoma la lectura. A primera hora es poesía. Después del té de media mañana leemos un cuento o un artículo de la colección de revistas de Madame. La poesía nos deja entrar más suavemente en este mundo dice Madame. Doucement. No nos arranca tan bestialmente de los sueños. A mí no me importan una mierda los sueños. Son demasiado dolorosos, demasiados irreales como para volver a pensar en ellos durante el día. A mí son los olores los que me llevan y me traen. Y hoy estoy flotando en un aire particularmente hostil, de límites poco claros, aferrada al leño de un olor que se me escapa y que aún no sé si es balsa o cruz. Opto por dejarme flotar, tanteando de vez en cuando con los dedos de los pies el limo del fondo, el suelo salvador que no me dejará ahogarme en esta mañana tan dudosa, y nado poco a poco aferrada a mi deseo de ese olor.

—Creo que no me estás prestando demasiada atención hoy, Laurie. Is everything alright?

Sus erres son todavía demasiado guturales, sus diptongos forzados casi rozando el habla de la calle. Esa calle que me envuelve y me arrastra como una corriente fría.

—Discúlpeme, Madame. Es verdad que estoy distraída. Será el calor.

—Of course.

Siempre hablamos en inglés en las pausas. Vieja de mierda. ¿No ve que así me distrae todavía más?

Continúa leyendo la historia anodina. Su voz amable. Ella tan dulce por fuera. No necesito verla para intuir su gesto de reprobación ante mi ropa. Mi practicidad le debe parecer agresiva. Se supone que las poor little darlings como yo deberíamos vestirnos de una manera que causara más empatía. Yo considero que uno no puede combinar mal los colores si siempre viste de negro.

No puedo seguirla. ¿Qué es lo que viene a buscarme en la forma de este olor tan inesperado? Es algo que sube por mi pecho vestido de negro, y el golpe es tan súbito y a traición que no sé cómo reaccionar.

Tengo la cabeza apretada contra la barra de la litera de arriba, la sien izquierda y parte de la mejilla apretada contra la ventana. Una ventana que no es mía. Una ventana de otro, del que me cuenta al oído de qué va la ilusión del día a día, pequeños destellos que se mueven demasiado rápido en su voz, opacada por su respiración, por mis propios jadeos. El frío del vidrio en las mejillas, un frío como si estuvieras perdida en la mitad de un puente y no te atrevieras a darte la vuelta para regresar, mientras por fuera te abraza y te envuelve el cuerpo de un hombre que te relata esa noche de tormenta, los tilos moviéndose en el aire de la noche, macetas en precario equilibrio en los alféizares. Ella misma en precario equilibrio dentro de su cuerpo, temiendo que su mente cuerda salga volando a lomos de la tormenta que llega desde las manos de un hombre que la hace ver por dentro. Y dentro de su cuerpo no hay vísceras sino los mismos ladrillos que él le describe, entre marrones y negros, comidos por el moho. Y ella es también los marcos blancos de las ventanas, la hiedra verde con una parte muerta y mustia, justo como ella ahora. Porque a veces se nos muere eso que nos hacía aferrarnos al muro de alguien. Todos somos hiedra verde o hiedra seca alguna vez. Y ella entonces es hiedra y tilo florido y tejado de pizarra y es también muchas chimeneas de barro, y unas begonias rosadas plantadas prematuramente junto a la entrada de un sótano, tan prematuras como esta aventura de litera nocturna, como este subtítulo que quiere ponerle a la aventura, este subtítulo que dice love at last. Y no sabe si las begonias resistirán la tormenta que pretende barrer el paisaje tras la ventana, como él que llega con sus manos y la aspira por completo, de adentro hacia afuera, con su voz que la acaricia y la apremia, con sus manos que se la llevan más allá de la ventana blanca, más allá del tarro de caramelos que espera vacío junto a la ventana de enfrente. Y ella misma ahora, vacía de él, se pregunta hasta cuándo podrá vivir de las migajas de esta ventana. Se pregunta si es de verdad este hombre que la conduce, la mano firme en su brazo, su aliento en la mejilla, este gigante que la hace subir por escaleras alfombradas hasta su buhardilla y luego aún más arriba hasta su litera. Y ahí en el colchón estrecho le cuenta cómo se vuelan las begonias, pétalo a pétalo, una tras otra en la tormenta, cómo nadie llenó aún el tarro de caramelos, cómo la tormenta llega en una hélice de viento y nube, de nubes que son negras pero también son sepia y doradas. Y ella tiene una noción brumosa y antigua de ese color sepia, un recuerdo infantil de la luz detrás de los párpados que no sabe si es real o si lo ha soñado, y que se confunde con la sensación en los dedos de una tarde dolorosa en la que sólo caminó una y otra vez alrededor de la manzana, el brazo extendido, la mano plana arrastrándose detrás de ella por la pared a medida que caminaba, una mano que necesitaba entender los nuevos límites del mundo en una larga vuelta manzana de dedos raspados y sabor a lágrimas en la garganta. Los ladrillos marcándose en las yemas para siempre. El aprendizaje decisivo.

Pero ella no puede contarle todo esto y sólo pregunta: ¿Los ladrillos son de color sepia? Su voz suena muy pequeña contra el cristal de la ventana blanca, bajo el peso del cuerpo de él. Y él se ríe porque tal vez sea ése el color exacto, la palabra que estaba buscando para describir un ladrillo a la vez dorado y negro y sí, son de color sepia. Son como fue ella, pálida y dorada y oscura y ella piensa a qué se refiere y sus manos entonces no le dejan dudas porque dibujan el territorio de su cuerpo con todos sus colores, con los colores correspondientes. Y ella se acuerda de otros mapas, de otros territorios, de una extensión de arena guardada por estatuas enormes, guardianes mágicos de piedra. Y piensa en el pobre desierto que ahora alberga sólo pozos de petróleo y cigüeñas extractoras y que en realidad lo que pasa es que se llevaron a los guardianes mágicos del palacio de Sargón, que dejaron a la ciudadela sola y desprotegida, como ella, a merced de un gigante que la escurre entre sus dedos como si fuera de arena dorada, que la empuja con su cuerpo hasta que su cabeza parece querer atravesar la ventana blanca, el cristal frío que golpea contra su sien, su mejilla. Ella otra vez una ciudadela abandonada.

 

Interrumpo a Madame.

—Hay un olor nuevo en casa, Madame. Lo siento pero creo que es esto lo que me distrae. ¿Le importaría decirme si hay algo fuera de lo habitual?

La vieja cierra el libro. Seguro que me mira asombrada.

—Vaya, Laurie. Me has tomado por sorpresa. Imagino que debe ser muy desconcertante para ti. Lo siento terriblemente. Veamos. No he pedido nada de la panadería, ni he vuelto a comprar esas flores tan…

—Anturios.

—Anturios. Exacto. He tomado nota de lo mucho que te desagradaba su penetrante aroma.

Aroma a pis de perro. Ese es el aroma penetrante al que te refieres, you filthy old cow.

—Sí, Madame, gracias por tenerlo en cuenta. Pero hay algo… Lo siento, es que tiene que haber algo nuevo.

—Oh Dios, déjame ver. Poor child, claro, para ti siempre es…

— Sí, Madame, es complicado de explicar. — No puedes imaginarte, vieja, lo complicadísimo de explicar que es esto, cuando te sientes enladrillada por dentro y sólo sabes que no habrá ningún desenladrillador que te desenladrille.

— Válgame Dios, por supuesto que hay algo nuevo. ¡El limpiacristales!

Ah you stupid woman. Ah Laurie, nena. Ríete nena, ríete rápido.

—Jajaja, por Dios, Madame. ¿Ha dicho usted el limpiacristales?

—Sí, my dear, sí. Tan solo un viejo bote de limpiacristales. Me lo dio el portero. Lo encontró junto con otros botes en el armario de las escobas cuando se vació la buhardilla. Llevaba cerrada cierto tiempo. Han venido a limpiarla para venderla.

Ríete, Laurie.

—Of course.

—Nunca deja de asombrarme, querida, tu apabullante sentido del olfato.

—Ya sabe, Madame.

No sabes nada, vieja. El limpiacristales. Dan ganas de pegarse un tiro. Aunque por supuesto no es la primera vez. A veces es sólo eso, ganas de no tener que salir nunca más a la calle hostil, esa calle que tanto me desorienta, en la que pierdo, ríete Laurie, mi apabullante sentido del olfato. A veces es sólo ganas de que todo vuelva a ser ligero y dorado y amable como un tour por el museo. Uno de esos tours para ciegos en el que te dejan tocar las esculturas, no como al resto de los mortales. Las manos sobre los guardianes mágicos de Khorsabad, la mano del guía alto como un gigante, conduciéndote bajo las alas de los toros de piedra, su aliento en tu pelo, transformándote en arena para siempre. Sus promesas en francés mientras te aspira en la tormenta de su cuerpo, tu mejilla contra la ventana blanca, el olor del limpiacristales impregnándose en tu piel como el más definitivo de los perfumes.

Este cuento obtuvo una mención de honor en el Concurso Literario 2010 del Instituto de Cultura Peruana (ICP) de Miami.

 

 

foto by Macky

Cambio y fuera, o lo bien que sonó siempre ese ch ch ch ch

Yo les hablo del miedo al cambio y ustedes siempre piensan en cosas que me dan sopor, como cambiar de empleo, irse de casa, que los sienten al lado de esa compañera olorosa y hostil. Yo me refiero a una pequeña pieza del rompecabezas que se mueve y que nos deja a todos con el culo al aire. Dondequiera que voy, lo que veo es la fragilidad de aquello que llamamos estable, de aquello que parece armónico.

Ayer mismo, en el Liceo. Me faltó esto para ponerme a gritar en medio del solo de violín. Era un solo precioso. La violinista se hacía la reventada y se había puesto tacos aguja, pantalón ajustado, como invitando a que nos animáramos a comparar la música que interpretaba con su gallarda forma de vestir. El grito que estuve a punto de pegar también era precioso. Lo sé porque llegué a oírlo dentro del cráneo, vislumbré su potencia en el sabor de la bilis que me subía por la garganta.

Mis ojos, dotados de un dispositivo de rayos x, ven lo muy maduro que está todo, ven cómo todas las cosas se rinden ante la impermanencia.

 

El sábado en el bar, Espinosa y yo dejamos a nuestros novios en la mesa y fuimos al baño. Hicimos pis. Después, Espinosa parloteó sobre su examen de solfeo mientras se hacía una raya en la tapa del inodoro. La felicité por sus logros y vi la cara que habría puesto si me hubiera pegado a su espalda para acariciarle las tetas por debajo de la blusa. Estiré la mano para hacerlo, pero no lo hice. Nuestra amistad, nuestras salidas de a cuatro, ¿hubieran sido lo mismo después de esa caricia?

El cambio es una válvula que se bambolea, floja. Ni ajusta como debe ni tiene que ver siempre con inhibiciones.

Cada verano pasamos las vacaciones en Nono. Me conmueve, cada verano, manejar por la ruta de Traslasierra. Es tan fácil enloquecer, volantear, despeñarme, arrastrarlos a todos en mi caída.

Enloquecer, dije. Esta agitación que siento no es locura. El precipicio, el abismo del cambio me llama, me atrae con su voz meliflua, me dice cositas al oído.

No quiero que mis amigas dejen en casa a sus niños. Los miro jugar con cuchillos de palo. Y si yo…

—Cómo se nota que le gustan los chicos, mirala, embobada—dice una amiga madre, y otra, y otra. Yo levanto la vista de los brazos tiernos de sus niños, y sonrío. Miro la carnecita, los ojos limpios. Hay un cambio gigante leudando dentro mío, sólo sujeto por las cuerdas de la volición, por los cables de la ejecución y del impulso. No saben qué gastadas están esas cuerdas, cómo fallan estos cables.

Imagen por Connie K Sales.

Mutación

Este fue mi primer cuento publicado, y apareció en el número 78 de la revista literaria La Bolsa de Pipas, en julio de 2010.

 

 

Un traguito para mojarme los labios, decía Madre en las fiestas, y mis hermanos me miraban aterrorizados. Yo siempre me encargaba de todo.

Tengo un mundo de sensaciones. Voy a visitar a mis hermanos, en tres visitas consecutivas, por orden de aparición. Llevo masas frescas para todos, menos para Rubén, que todavía no puede superar lo de los pañuelitos de crema. Para él, entonces, pequeñas facturas vienesas, muy almibaradas. A veces un par de revistas. Cantarock, Toco y Canto. Un as de la viola, el Rúben.

Después de varios traguitos y labios mojados sobre mojados, Madre se empezaba a acordar de Abuelo, de las polkas y del rebenque. Terminaba escondida abajo de la mesa y todo el mundo pensaba que se escondía de Padre. Es una complicación cuando las madres llaman por igual a sus maridos que a sus padres, ¿no creen? Papá. Asexuamiento sin dolor, en un solo paso. El marido para siempre exiliado. Helpless por tres. Después, cuando yo ya la había sacado de debajo de la mesa (mis hermanos aún mirando aterrorizados), había que volver en el 404 ruidoso y silencioso al mismo tiempo, con el flan o el budín de pan todavía en la garganta, pero ahora con un gusto agrio de tanto mezclarse con las lágrimas de mamá, el aullido lento que parecía venir del asiento mismo, ella acurrucada casi en el suelo del auto, los sollozos bañando el aire. Hasta que todos nos sentíamos como si estuviéramos metidos hasta el cuello en una laguna turbia. Mar Chiquita, el limo pegajoso en los pies. Papá manejaba apretando los dientes. Manejó apretando los dientes hasta el día en que se fue. No estaba ahí para verlo, pero me gusta pensar que se fue con la mandíbula relajada, silbando algo que no fuera una polka.

—Estaba casi ahí, en lo alto de las escaleras, con su grito en la lluvia.
—Rubén.
—¿Te despertó para decirte que era sólo un cambio de planes?
—No traduzcas, Rubén.

Rubén quería una chica canela. Todavía no se recuperó de haber escuchado Harvest, ni Cinammon Girl. Piensa y piensa. Barrunta. Cómo serán los besos de una chica canela. De azúcar quemada, seguro. Examina. Todos esos golpes de guitarra del final, que no tienen nada que ver con la canción, según él.

—No tienen otra razón de ser que inquietarme. Y hacer que me pregunte por qué Neil los habrá puesto ahí.

Neil es Neil Young, hablamos de él como si fuera un hermano más. Y tal vez lo sea. No sabe por qué Neil puso los golpes de guitarra ahí. Lo dice como si Neil hubiera puesto los zapatos sobre la mesa para que él los encontrara cuando entrara en casa. Pero Rubén ya no sale.

No podemos estar todos en la misma habitación. Ya no. Por eso las visitas por separado. Mis hermanos mayores lo superaron bastante bien. Rubén no. Es delicado, como cuando la cinta del cassette se queda enganchada. No se te ocurre hacer demasiada fuerza para evitar que se rompa, y entonces acabás por  dejar la cinta ahí y clausurar el pasacassette. O eso o perder la cinta para siempre. Entonces dejamos la cinta ahí, y ya no tenemos más cassette ni pasacassette. Ahora cantamos nuestras propias canciones. Eso es lo que decidió Rubén. Después de todo, ya no iba a ser lo mismo.

—La chica canela desmejorando por la tarde con probabilidades de crisis.

—Ya fue, Rubén. Cantá otro rato, dale, que me tengo que ir.

Neil grabado de la radio sobre un viejo cassette de los Parchís. El otro truco de la cinta scotch, sobre los agujeritos del cassette, para transformar un cassette grabado en un cassette virgen. Sabiendo todo el tiempo, sin embargo, que las canciones siguen ahí, debajo de las otras canciones. Trocitos de metal flotando en un río de plástico. La batalla de los planetas. Mutación.

 

Le pregunto a mi hermano mayor si se acuerda todavía de las canciones de los Parchís. Claro, no fue hace tanto, me contesta. Le pregunto a Tato, mi hermano del medio. Me las canta. Le pregunto cómo se acuerda de las letras. Se encoge de hombros. No me pasaron muchas cosas en estos años, me contesta, con un pañuelito de crema mordido en la mano. Tato se casó, se compró el coche, la casa y el perro. Hijos no. Tanto no.

A Rubén no se me ocurre preguntarle esas cosas. Tiene mucho tiempo libre.

La única vez que le llevé los pañuelitos de crema Rubén empezó a recordar. Él había ido a la panadería a comprar medio kilo de figazas. Esa noche habría sandwiches de lomo para todos. Rubén vio los pañuelitos de crema pero no le alcanzaba, Madre nunca le daba monedas de más. Volvió a casa enfurruñado y la vio, apoyada junto a la pileta de la cocina, la botella de ácido en alto, el gesto inútil de taparse una nariz que ya casi no estaba allí. La piel goteando como crema.

—La chica canela con lloviznas ligeras tendiendo a piel ampollada por la noche.

A veces Rubén imita, interpreta. Mutación. Tormenta volcánica. Pequeña mutilación nocturna.

—¿Cómo vas a tocar ahora, Rubén?

—No me dolió.

Lo miro. Me acuerdo de cuando era chiquito, tan orgulloso de sus ojos pardos. Se le volvieron color canela con el tiempo, de tanto mirar para atrás. De tanto mirar desde lo alto de la escalera. Son los genes, decía un novio mío. En su fanatismo coleccionan brotes como quien memoriza polkas cada vez más veloces. Más violentas. No es eso, pienso yo, pero nunca se lo dije. Ni a mi ex novio ni a Rubén. A los otros no hace falta decirles nada. Basta llevarles masas frescas. Pero a Rubén hay que decirle cosas. Cada tanto hay que recordarle los pequeños gestos. Hay que prometerle que la chica canela está bien. Hay que contarle historias con chicas canela. Las chicas canela salen descalzas al jardín, se tapan los ojos, enceguecidas por el sol. Después estiran las manos hacia el cielo para sentir el calor.

 

 

 

Imagen: “The disappearing boy”, by Kai Samuels-Davis.


Te escuchamos

Se rompe el silencio como un cristal y empezamos a contarnos, a cortarnos en pedazos.

Hay que romper el cascarón para que aparezca la historia.

O tal vez sea la historia la que nos obliga a salir del huevo, del armario, o de donde sea que nos hayamos escondido para que no nos duelan los días.

Es la historia que tenemos por contar la que nos mete de un golpe dentro de nuestro cuerpo.

Es la historia no contada la que nos habla al oído, nos asegura que tenemos palabras mágicas para desarmarlo todo, desgarrarlo todo.

Es la historia que tenemos la obligación de contar la que nos recuerda que fuimos parte de eso que llamamos nuestra vida.

La que nos dice que ahora nos pongamos de pie, que demos un paso fuera del pupitre
y lo contemos en voz alta, así nos reímos todos.

 

 

 

 

Imagen: “The perfect white between words”, collage dreamscape by Tracy Jager / livingferal

Bradbury se fue un martes

Hace mucho tiempo, en la casa de una escritora que amé, me dieron un libro para que me entretuviera y dejara hablar a los mayores. Querían que me callara, pero todos me hablaban como si fuera adulta.

—¿Te gusta Bradbury?—me preguntó ella.

El libro que me dio fue Fantasmas para siempre, el volumen que hicieron juntos Aldo Sessa, un gran fotógrafo y artista argentino, y Ray Bradbury. No recuerdo mucho de esa tarde, además de las carcajadas de las mujeres y la taza de Lapsang Souchong que me hicieron probar y que me destrozó las papilas gustativas. Ahora siempre guardo una lata en la despensa. Tres hebras de Lapsang Souchong, como tres hebras de pelo con propiedades mágicas, transforman una taza de cualquier té negro en un salto a otra dimensión.

Sí recuerdo haberme sentido muy molesta por esa pregunta. Yo era una nena repelente, y no podía soportar no tener todas las respuestas (y por lo que dice mi primera entrada en este blog, creo que mi hermana melliza muerta sigue rogando tenerlas todas).

Yo de pronto necesité saber si me gustaba Bradbury, pero ese tarde me distrajo el té ahumadísimo, la rabia de no poder participar de la conversación, las ilustraciones de Sessa.

No pasó mucho tiempo, sincronicidad mediante, antes de que otra adulta me regalara su copia de Crónicas marcianas. Tal vez porque yo sólo hablaba de Marte en esa época, de mi querido Carl Sagan, de un libro, Cosmos, que insistía en mostrar otras orillas que yo ya visitaba en sueños, religiosamente.

Leí Crónicas marcianas un verano en que pretendí tapar el agujero interior con demasiados sándwiches de panceta, tomate y mayonesa.  Leer a Bradbury sólo contribuyó a hacer crecer ese agujero, ese anhelo.

Yo necesitaba un cohete para salir de allí lo más rápido posible, y me subí al verano del cohete muchas veces, durante muchas siestas. Me hubiera gustado tener un traje de marciano para transformarme en otra cosa, en otra persona, una persona a la que alguien quisiera abrazar.

En alguna de esas tardes llegué a esta página.

Me quedé mucho tiempo mirándola como la miro ahora, porque desde hace dos días no dejo de mirarla, para no perder pie.

Sigo enamorada de esa página en la que un escritor lleva volando a un poeta de otro siglo a una avenida embaldosada en Marte. Ahora algo dentro de mí llora a través del tiempo. El cuento se llama Aunque siga brillando la luna, fue publicado por primera vez en 1948 y está ambientado en junio de 2001. El poema es de Byron. Once años después de que el capitán y Spender y Biggs hayan sentido el viento marciano, es otra vez verano, y miro la página en la que el tiempo se transforma en un extraña cinta de Moebius. El aire se agita en torno a las palabras.

El otro día tuve que ir corriendo a la biblioteca para dejar de pensar en que Ray Bradbury se había ido de paseo bajo la luz de otras lunas. Si mi vida fuera un libro de Bradbury, el martes pasado en la sala de lectura de la biblioteca, entre tantos adolescentes estudiando economía para intentar llevar a este mundo al cataclismo final, me hubiera encontrado a alguno leyendo a un poeta de otro siglo.

Me hubiera encontrado a una persona muy joven, con el nombre y la cara de alguien que quise mucho. Y yo hubiera entendido inmediatamente que era Bradbury detrás de su traje de marciano, ese que te permite transformarte en otra persona, una a quien alguien quisiera volver a abrazar.

PD: Crónicas marcianas volvió a mí, hace pocos meses, con otro nombre, un nombre querido escrito en la primera página. Estuvo en la biblioteca de una amiga mucho tiempo y lleva sus marcas, sus palabras. Tengo la fortuna de que mi vieja amiga sea poeta, que devuelva los libros prestados y que este libro se transforme, entonces, en una gran fiesta de reencuentros.